Sentada al pie de su cama,
Inés busca respuestas a tan intenso dolor que le revienta en el pecho, la
pesada culpa y la vergüenza que carga en la espalda la agobian. Ha asistido al
médico por ese fuerte dolor, pero le dicen que es estrés, que todo es
psicológico.
Su día transcurre entre cuidar
a su hija de año y dos meses y en atender el reciente negocio de venta de
menús, que ofrece a los vecinos sin lograr aún el éxito que esperaba. Desde
hace casi un año calla un sentimiento tóxico que no la deja concentrarse, según
ella es un secreto, sin embargo todos los
vecinos murmuran al detalle un secreto a voces; Ramiro, su conviviente es
consumidor de drogas y le gusta la buena vida.
Se conocen desde los 13 años,
eran patas de barrio, siempre hubo atracción entre ellos, él era el líder del
grupito, zalamero, con mucho floro, con
buenas calificaciones en el cole y conocido por su buen desenvolvimiento en las
exposiciones; ella sabía que había tenido algunos problemas en el colegio y
había sido suspendido por llevar “hierba” en el canguro; cada vez que contaban
eso entre los patas, era el alegre relato del cual todos se vacilaban, ¡claro!
Ramiro sacaba pecho cuando hablaban de él y sus hazañas. En aquella época, entre
ellos dos solían pasar cosas como besos y abrazos pero para su desgracia nunca
se formalizó nada.