martes, septiembre 11

Dime ¿sino?


Ps. Alberto Ramírez Bravo

medias verdades
Según las formas como les cuentas a tus viejos “la verdad” para lograr un permiso, ellos las pueden sentir ciertas o falsas, aunque no te des cuenta, finalmente, cómo es que ellos perciben tus explicaciones, ¿si o no?

Tú ya sabes cómo maquillar una “media verdad”. Usas un giro verbal diferente, como que un tic distraído por allí se escapa y es tan rápido que no lo puedes detener y ya pues ¡piña!, ojalá no delate la traviesa intención, pero continúas comentando tu azarosa historia.

Y, cuando logras arrancarles una media sonrisa, llega el tan esperado ¡uf, atracaron!, entonces otorgan el “ya pues anda, pero ten cuidado” y cual haz de luz, la propi y chau, no te ven hasta mañana, cuando el acuerdo es por tan sólo unas cuantas horas.

Rico cuando estás con tus amigos, y hasta les comentas la hazaña. Sacas tu lustrado orgullo de embustero familiar, donde el ocasional público refuerza el atrevido logro que todo chibolo aventurero quiere alcanzar, es decir, obtener el permiso para salir de fiesta, sin comentar el real peligro, porque si no, ¡te quedas en casa compadre!

Seguro que ya la hiciste y piensas algo así como: “ya le tomé el pulso a mis viejos” o “ya le tome el pulso a mi vieja, cuando mi viejo no está”. Dime si no lo piensas así algunas veces. ¡Claro, que es algo así! Y ahora, dime si ellos son tan tontos ¡porque creen en tu palabra!

Sin embargo, ellos a quienes llamas tontos, se enorgullecen de tus “logros” que no son tan ciertos ¿quizá? Entonces, separemos un poco de estos pasados de moda, recontra lentejas que hasta se les pasa la tortuga y no la alcanzan, pero son tan tontos -y estoy total y absolutamente de acuerdo contigo- pues te apoyo en tu decidida creencia. Tus viejos, son así como los piensas ¡claro! ¿si o no?

Cuando no obtienes al primer intento tu meta, puede que pretendas ser más listo que ellos y si no tienes un argumento válido, entonces les buscas su lado débil y lo encuentras ¿y qué haces?, lo utilizas para conseguir provecho de ello. Y, quizá necesites sacarles en cara un error constante, algo triste o negativo que les sucedió alguna vez y como si fuera tu lanza de guerra, los atacas con ese argumento: “qué me puedes decir, si tú también te equivocas y no te corriges”. Entonces, la tortilla queda volteada, sin mediar reflexión sobre el daño que les haces para salirte con la tuya y callarles la boca, mientras los humillas.

No sé qué tan válido puede ser al final que la humillación a tus viejos sea el medio para que ellos te otorguen un permiso, que en el fondo sabes que no es del todo bueno. O sea, atacarlos para exponerte a un peligro con el argumento de que “si a todos les dejan ir, a mí porqué no, tú eres problemático, viejo y aburrido”, esa podría ser tu denuncia, muchas veces mostrada entre dientes.

Por lo tanto, los viejos son tontos cuando creen nuestras mentiras y más tontos cuando no las creen. Entonces, pongámonos de acuerdo, son ellos o somos nosotros quienes vemos el mundo según nuestro capricho.

Pero igual, por algo son mayores. Lastimosamente, las mentiras tienen patas cortas y nosotros no las mostramos, sin embargo, ellos logran verlas.

¿Qué logran ver, ah?

Nuestro andar, nuestra incongruencia, nuestro autoengaño, nuestra terquedad, nuestras emociones, nuestros errores, nuestro engreimiento, nuestra ceguera, nuestra imprevisión, nuestras mentiras.

Dime entonces, si no es cierto que tus padres te conocen, a veces más que tú mismo. Y, en conclusión honesta dime, ¿quién es el verdadero tonto en esta historia? Tú tienes esa secreta respuesta, ¿si o no?

Tus viejos son súper, créeme que tonto no soy.

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